domingo, 20 de abril de 2014

Biografía Alucinada



Infancia bajo la lluvia


Ahora que llueve, ahora que  choca una brisa constante contras las paredes y los vidrios se empañan y el cielo parece que siempre ha sido así de oscuro, recuerdo la casa donde viví de niño con mis abuelos.Era una casa pequeña con tejas de zinc y paredes pintadas con cal. cuando llovía el ruido era insoportable, me aterraba, no voy a negarlo, parecía que el techo se fuera a venir abajo en cualquier momento. Sin embargo, me quedaba en la cama, arropado completamente hasta que, poco a poco, me dormía bajo el murmullo del agua.

Hoy recuerdo eso y es en ese recuerdo de la lluvia en el que aparecen por primera vez en mi vida los libros, las palabras escritas. Al menos en mi mente, no estoy seguro de que sea así, puede que sea solo imaginación mía, el típico recuerdo inventado para llenar esos espacios en los que la memoria nos traiciona. Aun así permanece vívido, reluciente de detalles. Ahí en la cama acolchada con una sábana hecha con retazos de muchos colores y tipos de tela, podía jugar con los dos únicos libros que había en casa: una Biblia de pasta negra, con hojas amarillas, llena rastros de polillas y polvo,  bordeada de un dorado intenso; y un libro de Español de bachillerato, seguramente, con pasta roída y un nombre que no logro recordar en este momento.

Digo jugar porque en ese entonces todavía no había aprendido a leer. Yo apenas tendría unos cinco años y ya me impresionaban los libros, tal vez porque eran extraños: en el caserío no existía una biblioteca  y la escuela era algo rústica, sin lujos ni espacios consagrados a la lectura. De ahí mi fascinación. Aunque no entendiera lo que decían, me quedaba mucho tiempo pasando las páginas, tratando de imaginarme de qué eran todas esas letras apeñuscadas, reparando en las ilustraciones, las caricaturas, los diagramas, todo ese mundo contenido en una hoja.

Mis abuelos, por supuesto, habían vivido todo el tiempo en el campo y nunca aprendieron a leer.  A pesar de esto, creo que ellos fueron los que me enseñaron a leer. No  creo que haya sido solo obra de las profesoras roñosas de la escuela, sino que mis abuelos influyeron en gran manera. Claro, mi abuelo era un gran contador de historias. Siempre me divertía escuchando sus relatos sobre indios y tesoros, sobre muertos y fantasmas rondando los cementerios abandonados, sobre la avalancha que sobrevino a un pueblo cercano y de cómo se había salvado, subiéndose en un árbol.

Todo esto significó para mí la iniciación, la cercanía primigenia con el arte de la lengua, con los libros que seguiría presentes, ya que aún antes de saber leer sentía que escondían grandes misterios, grandes aventuras, que para la mente de un niño, no eran más que la posibilidad de ser feliz, de dejarse ir en la imaginación, mientras la lluvia rompía contra el tejado, mientras parecía que el invierno nunca acabaría, que el cielo siempre sería así, sombrío, inclemente.


La escuela y el silencio


Cuando cumplí los siete años me fui a vivir con mi padre a Bucaramanga. Mis abuelos se quedaron en el pueblo y todo cambió drásticamente. Ya no podía ir al río a pescar o a bañarme, ya no podía recorrer los cafetales o los potreros bajo el sol de mediodía, mientras miraba a las nubes arremolinarse alrededor de las montañas. Todo era extraño en la ciudad, hostil, ruidoso como nunca había imaginado. Me aburría completamente en la casa nueva sin hacer nada de lo que estaba acostumbrado, sin experimentar la libertad que solo se vive a campo abierto.

 Luego sobrevivo la escuela: un edificio enorme, a mi parecer en aquel entonces, donde discurrían toda clase de niños, enfundados en un uniforme cuadriculado, de color gris y blanco. Era algo también novedoso para mí el hecho de que ya no tuviéramos una sola maestra, sino varias. Sin duda era lo mejor, ya que todas tenían ese genio inclemente. Recuerdo especialmente la profesora Elisabeth, que era la encargada de lengua castellana. Ella nos llevaba constantemente la revista Monos, una publicación para niños que ya no circula, pero que en ese entonces era muy emocionante porque traía historias de todo tipo e ilustraciones coloridas, además de noticias sobre dibujos animados o videojuegos. Era un premio recibir la revista luego de entregar los deberes correspondientes para la clase o las tareas aburridas de gramática dejadas para la casa.

Elisabeth fue mi maestra en gran parte de la primaria y nunca dejó de sorprendernos con cuentos, poemas  y canciones. Además de esto, recuerdo que trabajábamos un libro con actividades que se llamaba Abanico.  En realidad no era la gran cosa, pero traía algunos cuentos largos con imagines y nunca me cansaba de releerlos cuando me encontraba aburrido. La señora más brava del mundo, era uno de los títulos que tanto me fascinaban y me hacía reír con sus ocurrencias. Sin embargo, no siempre sería así de agradable la lectura. 

Hubo un tiempo, tal vez después de cuarto grado, cuando se perdieron todas las historias, los libros, y  no quedó nada más que un silencio profundo. Las profesoras cambiaron y lo que antes era un acercamiento a la literatura, se convirtió en el abismo, en la distancia insalvable.
Las clases de español se dedicaron exclusivamente a la gramática, a meternos por los ojos las reglas sin ahondar en los textos. Todo se resumía en verbos, adjetivos, sustantivos, oraciones, todo sin sentido, casi un flagelo matemático. Detesté desde entonces que llegaran esas horas y puedo decir que en parte llegué a odiar las palabras, no quería saber más de ellas. Había perdido lo que antes me había defendido contra la lluvia, contra el miedo y el aburrimiento. La escuela no sería más que silencio y yo en medio, en la oscuridad, sin memoria.


El tiempo de la palabra


El primer libro que leí completamente y por mi cuenta, sin que nadie me lo ordenara, fue De la tierra a la luna de Julio Verne. Me asentaba en una mecedora en la sala y ahí me quedaba por horas. No me rendía la lectura, es cierto, pero tampoco tenía afán. Disfrutaba simplemente con cada frase, con cada imagen, con cada acontecimiento. Era como ver una película en cámara lenta, como la televisión, con la diferencia que sí se podía volver a atrás y repetir alguna parte que uno haya preferido. Descubrí esto no por casualidad sino porque no había nada más por hacer en los días libres, como los sábados o los domingos. No me dejaban salir a la calle, tampoco ver televisión, entonces sólo restaban los libros cómo único posible entretenimiento.

Afortunadamente di con obras de aventura, que era lo que me interesaba en aquel entonces. Los sacaba de la biblioteca del colegio. Eran libros sencillos, muchas veces recortados o piratas, sin embargo fue una gran oportunidad, ya que la mera idea de comprarlos no estaba prevista, contando la imposibilidad de conseguir algunos pesos para tal fin. Ahí pude ir leyendo, poco a poco, otros textos de Julio Verne, H.G. Wells, Stevenson y J. R. R. Tolkien. Este último me abrió las puertas a futuras lecturas plagadas del encanto medieval y las aventuras caballerescas. 

Pude entonces acercarme a libros de otra envergadura, como los de Sir Tomas Malory y sus leyendas del Rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda. Posteriormente, en una línea previsible, gracias a un amigo que estudiaba ya en la universidad, conseguí prestado un ejemplar de El nombre de la rosa, la obra maestra de Umberto Eco. Recuerdo especialmente ese libro por su complejidad entrañable, ese misterio latente que me mantenía pegado en las noches con la esperanzas de develar los crimines de la abadía.

 Fue una época bastante productiva en ese sentido: cada nuevo libro me remitía a otro y pronto la lectura se convirtió en una actividad natural, necesaria, cotidiana. Creo que eso fue lo que me impulsó finalmente, una vez terminado el bachillerato, a ingresar a la universidad a estudiar una licenciatura. Sentía que había algo en los libros que debía continuar, que ninguna de las otras posibilidades profesionales me satisfacía hasta tal punto.  Así pues estoy aquí, escribiendo esto, tratando de sortear los estudios, escribiendo con mayor encono ahora que he descubierto en la poesía una manera de mantener, de expresarme y vivir.  Creo que ha llegado el tiempo de la palabra, que es preciso en la escritura, donde hallo felicidad alguna.







Poema escrito después de ver la película El lector




POSTERGAR LO INEVITABLE


Vamos a postergar lo inevitable,

tú andarás por esta calle como queriendo no encontrarme

y yo haré lo propio:

iré por la acera de enfrente agachando la mirada.

Haremos como si no nos vimos,

como si cruzando la esquina, movidos por extraños hilos,

no nos rozamos la piel

y no sonreímos cómplicemente.

Tú seguirás de largo, claro, mirando el reloj de pulsera

o hurgando entre tu bolso.

Yo, en cambio, silbaré con las manos en los bolsillos

y haré como si en el cielo viajaran nubes extrañas.

Será así muchas veces, por ciudades, barrios, por calles distintas

hasta que no nos aguantemos y digamos que es suficiente.

Pero haremos eso, actuaremos como si no supiéramos

que aun evitándonos la mirada,

estamos para encontrarnos.

Larry Flynt y Cenicienta





Foucault nos instruye sobre esos mecanismos de poder que se ejercer sobre el ciudadano para mantenerlo a raya, inmóvil, sobre el eje que se requiere en el engranaje social. En la película magistral The people versus Larry Flint, encontramos precisamente un individuo que intenta mantenerse por fueras de esos márgenes. 

El personaje es alguien que va amasando su fortuna con una revista pornográfica y todo lo que eso implica.  Obviamente, es algo que contradice las instituciones mojigatas que ven en los comportamientos no permitidos un pecado, un crimen que debe ser juzgado, un mal que debe ser erradicado para bien de  las tradiciones. Sin embargo, Larry con su astucia, se enfrenta todo esto y logra salir victorioso en muchas ocasiones.  Pero  la maquinaria no descansará hasta verlo sufrir.

En parte en eso consiste la libertad: en hacer lo que uno quiere y como quiere, aun nadando en contra de la corriente, pero con el gravamen del dolor, el sufrimiento de quien no acata las leyes impuestas. En Cenicienta, encontramos algo similar, una situación en la que la princesa es vilipendiada, tratada como una sirvienta, bajo en el influjo de su madrasta y sus hermanastras, que sería como ese panóptico, ese ojo que la vigila todo tiempo y restringe sus acciones. 

A pesar de esto, Cenicienta logra, con ayuda mágica del hada madrina, escabullirse de su suerte y asistir al baile donde encontrará su príncipe azul. Aún después de esto, su regreso a la realidad es inminente: tiene que seguir viviendo bajo el yugo impuesto hasta que finalmente el enviado especial del reino, la encuentra y la saca de esta situación, otorgándole lo que quería: su libertad en matrimonio con el príncipe. De ahí en adelante todo será perdices y felicidad, como todo cuento de hadas. 

viernes, 18 de abril de 2014

Reciente Descubrimiento



Aquí existió una palabra
hace 30 millones de años.
Podemos ver el aire fosilizado
y su endeble estructura
fusionada con la roca, hecha una sola,
por los procesos químicos
que devienen con el tiempo.
No era una palabra muy común,
pero es posible analizar su estructura
gracias a lo que ha quedado de ella.
Sin embargo, no podemos precisar,
con exactitud, quién la pronunció
o qué efecto tuvo en su hábitat natural.
Sabemos que se alimentaba de deseos
y que el aliento era necesario
para su pronunciación
y , por tanto, la vida.
Pero, en ningún momento,
nos atrevemos a decir que era
la única en su especie y que,
dada su su incapacidad de adaptación,
no sobrevivió y fue dejada atrás
por otras con mayor arraigo en el ecosistema.
Solo algunas conjeturas,
imposibles de verificar científicamente,
nos disponemos a abordar.
A mí, personalmente, me gusta creer
que esta palabra tan lejana
cumplió su cometido en la tierra
y ahora, debido a su descubrimiento,
podemos imaginarnos
que el lenguaje es más antiguo
de lo que pensábamos
y que tal vez nos trascienda
y se imponga, finalmente,
sobre las demás creaciones humanas.

Pinocho y Valiosa Promesa






Salvando las diferencias de las dos adaptaciones, tanto del género y las maneras fílmicas, así como también el tiempo en que fueron producidas y su acogida, estas dos películas nos traen profundas reflexiones en el plano de la educación, en el papel de la escuela y sus implicaciones en la sociedad.  

En Pinocho vemos cómo este niño, hecho de un tronco que llega por arte de magia a la casa de Gepeto, casi que por voluntad propia diríamos, es totalmente independiente, alejado de lo que se espera que sea: un niño dócil, obediente, que no cause problemas a su padre ni a la ciudad donde vive. Por el contrario, está siempre haciendo lo que quiere: divertirse. Por lo tanto, es aprendido y amonestado en varias oportunidades y se le impone que tiene que asistir a la escuela. 

En este contexto, y como siempre se ha pensado, la escuela es el estamento aceptado como moldeador del carácter del niño hacia un futuro ciudadano. El que no pasa por la escuela es un burro, literalmente, como vemos que el sucede a Pinocho luego de su insistida desobediencia.  Finalmente, vemos que Pinocho accede a ser obediente y asistir a la escuela, pero cuando va llegando  su sombra reflejada en la pared se aleja en dirección contraria.  Clara metáfora de lo que representa la escuela en la niñez: la pérdida del niño, del juego y la anarquía.

Por otra parte, en Valiosa Promesa, también vemos  cómo la sociedad impele sobre el personaje principal y le impone una manera de criar a sus hijos luego de la viudez, hasta tal punto de que un juez determina sobre la custodia de los vástagos. Es de recalcar cómo este hombre se sobrepone a estas dificultades y cumple su promesa de preservar la familia. Estas películas son un claro ejemplo de ese constructo social, político y cultural que es la escuela. Y no solo la escuela, si no esos organismos que controlan la vida de las personas y se rigen por unas leyes  que, muchas veces,  encierran el espíritu humano a su antojo.

Los tres colores: Azul de Krzysztof Kieślowski



Me ha llamado fuertemente la atención la manera como Kieślowski comienza las películas de su aclamada trilogía Trois Couleurs. En Azul, la  obra con la que inicia este memorable acontecimiento cinematográfico, vemos cómo desde los primero segundo intenta captar la atención y situarnos en el acontecimiento que desencadena el argumento.

Hay pues un plano detalle de la llanta del carro mientras este transita rápidamente por la carretera. El filtro de luz que tiene la cámara, como en muchas escenas de la película, es de un azul tenue, que es contrastado con el negro y el blanco en que se configuran los elementos iniciales del plano(los otros automóviles, los separadores de los carriles, las líneas que trazan la autopista, etc.) Así, después pasamos a otro plano detallado, esta vez en una de las ventanas del carro donde una mano de niña sostiene un envoltorio de color azul, mucho más intenso, en comparación con el que está difuminado en el filtro.

 Luego pasamos a observar el interior del carro, donde la niña mira por el espejo panorámico trasero, detallándose las luces de colores que dan la sensación de tráfico nocturno. Por supuesto, luego la cámara nos pone en un plano de opacidad, en el que vemos de frente lo que anteriormente solo veía la niña e intuíamos. Es como si primero nos forzara a inferir lo que a continuación veríamos, todo en movimiento, tornadizo, donde las figuras pierden un tanto su forma y mutan a través del viaje proyectado en el vidrio del carro.  Posteriormente, entramos en otra escena en la que  ya es de día, dejándonos con la idea de que han pasado muchas horas desde que arrancó la escena inicial, basándonos pues en los cortes y el cambio de la atmósfera (diurna-nocturna-diurna).

 Volvemos aquí a presenciar el azul tenue y la aparición de un plano detalle, cuando la niña regresa del campo al carro y se enfoca la cámara en manguerita debajo del carro que gotea un líquido viscoso. Este detalle aparentemente sin importancia, cobra gran significado a continuación, ya que explica el porqué del accidente (la pérdida de los frenos por una falla mecánica). Cabe resaltar la escena del accidente, ya que nos muestra también un plano detalle, el de la mano del joven que juega con su koka, que será luego contrastado, ya que el joven logra acertar en el mismo momento en el que el carro choca contra un árbol, el mismo en que sonríe para pasar al desconcierto.

 Hay en esto un maestría narrativa desde lo visual, ya que logra comunicarnos a través de pequeños detalles la secuencia que lleva al quiebre y comienzo de la historia. Además que lo hace de una manera muy sutil, casi como el color azul tenue, que da la sensación de suavidad y pasividad, como dice A. Dondis en su libro La Sintáxis de la Imagen, en la que las pequeñas cosas se presentan y el espectador tiene que completarlas. De igual manera, vemos que, no solo en el comienzo de la película,  el color está cargado de información y es una de las experiencias visuales más penetrantes, tal como A. Dondis recalca, ya que nos evoca un sentir ligado a la libertad y a la fluidez de la vida, en el sentido del viaje, del movimiento, o como en la escena de la piscina, el de sortear los acontecimiento, enfrentarlos en ese espacio líquido y azul, en un contrapicado que nos muestra la lucha misma con la naturaleza.

Así también, el azul va a estar presente en otros elementos de la cinta, como en el adorno de piedras que ella tiene en la mansión donde vivía con su esposo, al cual le arranca una parte y luego apretuja entre sus manos, mientras estas piedras brillantes le riegan destellos de luz en su rostro cuando las mira. Aquí creo que es de resaltar el elemento de la textura, ya que como se menciona en La Sintaxis,  es el elemento visual que sirve frecuentemente de «doble» de las cualidades de otro sentido, el tacto. Esta textura juega un papel importante en la escena cuando Julie abandona la casa de su matrimonio y al caminar pone su puño contra la pared rocosa y la arrastra, lacerándose los nudillos.


Es pues una imagen potente, que trasmite al espectador el dolor físico que produce esta  textura que captamos en lo visual, pero que se trasmite directamente al tacto, al relacionarlo con la sensación somatizada que esta produce. Así son muchos elementos visuales que se utilizan acertadamente y que comunican de una forma estética, desarrollando un argumento intimista, en  el que es fundamental lo sentido por el personaje. La astucia está, precisamente, en conmovernos, en disponer de las formas  necesarias, como los planos detallados, el color o la textura, para generarnos la melancolía, el dolor, la vida misma en un mundo después de la pérdida.

viernes, 11 de enero de 2013

Movimiento



Se agita la hoja en el cuenco;
el agua reposa ingrávida.
He estado mirando toda la noche
y la luz se filtra lentamente por las olas
hasta  quedar en el fondo.
La hoja flota, espera.
La luz muda de piel,  se oscurece.
Yo cierro los ojos
y el agua sigue fraguando adentro
el movimiento de la hoja,
la vida perderse en un instante.



México, 12 de enero de 2013