Infancia bajo la lluvia
Ahora
que llueve, ahora que choca una brisa
constante contras las paredes y los vidrios se empañan y el cielo parece que
siempre ha sido así de oscuro, recuerdo la casa donde viví de niño con mis
abuelos.Era una casa pequeña con tejas de zinc y paredes pintadas con cal.
cuando llovía el ruido era insoportable, me aterraba, no voy a negarlo, parecía
que el techo se fuera a venir abajo en cualquier momento. Sin embargo, me
quedaba en la cama, arropado completamente hasta que, poco a poco, me dormía
bajo el murmullo del agua.
Hoy
recuerdo eso y es en ese recuerdo de la lluvia en el que aparecen por primera
vez en mi vida los libros, las palabras escritas. Al menos en mi mente, no
estoy seguro de que sea así, puede que sea solo imaginación mía, el típico
recuerdo inventado para llenar esos espacios en los que la memoria nos
traiciona. Aun así permanece vívido, reluciente de detalles. Ahí en la cama
acolchada con una sábana hecha con retazos de muchos colores y tipos de tela,
podía jugar con los dos únicos libros que había en casa: una Biblia de pasta
negra, con hojas amarillas, llena rastros de polillas y polvo, bordeada de un dorado intenso; y un libro de
Español de bachillerato, seguramente, con pasta roída y un nombre que no logro
recordar en este momento.
Digo
jugar porque en ese entonces todavía no había aprendido a leer. Yo apenas
tendría unos cinco años y ya me impresionaban los libros, tal vez porque eran
extraños: en el caserío no existía una biblioteca y la escuela era algo rústica, sin lujos ni
espacios consagrados a la lectura. De ahí mi fascinación. Aunque no entendiera
lo que decían, me quedaba mucho tiempo pasando las páginas, tratando de
imaginarme de qué eran todas esas letras apeñuscadas, reparando en las
ilustraciones, las caricaturas, los diagramas, todo ese mundo contenido en una
hoja.
Mis
abuelos, por supuesto, habían vivido todo el tiempo en el campo y nunca
aprendieron a leer. A pesar de esto,
creo que ellos fueron los que me enseñaron a leer. No creo que haya sido solo obra de las
profesoras roñosas de la escuela, sino que mis abuelos influyeron en gran
manera. Claro, mi abuelo era un gran contador de historias. Siempre me divertía
escuchando sus relatos sobre indios y tesoros, sobre muertos y fantasmas
rondando los cementerios abandonados, sobre la avalancha que sobrevino a un
pueblo cercano y de cómo se había salvado, subiéndose en un árbol.
Todo
esto significó para mí la iniciación, la cercanía primigenia con el arte de la
lengua, con los libros que seguiría presentes, ya que aún antes de saber leer
sentía que escondían grandes misterios, grandes aventuras, que para la mente de
un niño, no eran más que la posibilidad de ser feliz, de dejarse ir en la
imaginación, mientras la lluvia rompía contra el tejado, mientras parecía que
el invierno nunca acabaría, que el cielo siempre sería así, sombrío,
inclemente.
La escuela y el silencio
Cuando
cumplí los siete años me fui a vivir con mi padre a Bucaramanga. Mis abuelos se
quedaron en el pueblo y todo cambió drásticamente. Ya no podía ir al río a
pescar o a bañarme, ya no podía recorrer los cafetales o los potreros bajo el
sol de mediodía, mientras miraba a las nubes arremolinarse alrededor de las
montañas. Todo era extraño en la ciudad, hostil, ruidoso como nunca había
imaginado. Me aburría completamente en la casa nueva sin hacer nada de lo que
estaba acostumbrado, sin experimentar la libertad que solo se vive a campo
abierto.
Luego sobrevivo la escuela: un edificio
enorme, a mi parecer en aquel entonces, donde discurrían toda clase de niños,
enfundados en un uniforme cuadriculado, de color gris y blanco. Era algo
también novedoso para mí el hecho de que ya no tuviéramos una sola maestra,
sino varias. Sin duda era lo mejor, ya que todas tenían ese genio inclemente.
Recuerdo especialmente la profesora Elisabeth, que era la encargada de lengua
castellana. Ella nos llevaba constantemente la revista Monos, una publicación para niños que ya no circula, pero que en
ese entonces era muy emocionante porque traía historias de todo tipo e
ilustraciones coloridas, además de noticias sobre dibujos animados o
videojuegos. Era un premio recibir la revista luego de entregar los deberes
correspondientes para la clase o las tareas aburridas de gramática dejadas para
la casa.
Elisabeth
fue mi maestra en gran parte de la primaria y nunca dejó de sorprendernos con
cuentos, poemas y canciones. Además de
esto, recuerdo que trabajábamos un libro con actividades que se llamaba Abanico.
En realidad no era la gran cosa, pero traía algunos cuentos largos con
imagines y nunca me cansaba de releerlos cuando me encontraba aburrido. La señora más brava del mundo, era uno
de los títulos que tanto me fascinaban y me hacía reír con sus ocurrencias. Sin
embargo, no siempre sería así de agradable la lectura.
Hubo un tiempo, tal vez
después de cuarto grado, cuando se perdieron todas las historias, los libros, y
no quedó nada más que un silencio
profundo. Las profesoras cambiaron y lo que antes era un acercamiento a la
literatura, se convirtió en el abismo, en la distancia insalvable.
Las
clases de español se dedicaron exclusivamente a la gramática, a meternos por
los ojos las reglas sin ahondar en los textos. Todo se resumía en verbos,
adjetivos, sustantivos, oraciones, todo sin sentido, casi un flagelo
matemático. Detesté desde entonces que llegaran esas horas y puedo decir que en
parte llegué a odiar las palabras, no quería saber más de ellas. Había perdido
lo que antes me había defendido contra la lluvia, contra el miedo y el
aburrimiento. La escuela no sería más que silencio y yo en medio, en la
oscuridad, sin memoria.
El tiempo de la palabra
El
primer libro que leí completamente y por mi cuenta, sin que nadie me lo
ordenara, fue De la tierra a la luna de Julio Verne. Me asentaba en una
mecedora en la sala y ahí me quedaba por horas. No me rendía la lectura, es
cierto, pero tampoco tenía afán. Disfrutaba simplemente con cada frase, con
cada imagen, con cada acontecimiento. Era como ver una película en cámara
lenta, como la televisión, con la diferencia que sí se podía volver a atrás y
repetir alguna parte que uno haya preferido. Descubrí esto no por casualidad
sino porque no había nada más por hacer en los días libres, como los sábados o
los domingos. No me dejaban salir a la calle, tampoco ver televisión, entonces
sólo restaban los libros cómo único posible entretenimiento.
Afortunadamente
di con obras de aventura, que era lo que me interesaba en aquel entonces. Los
sacaba de la biblioteca del colegio. Eran libros sencillos, muchas veces
recortados o piratas, sin embargo fue una gran oportunidad, ya que la mera idea
de comprarlos no estaba prevista, contando la imposibilidad de conseguir
algunos pesos para tal fin. Ahí pude ir leyendo, poco a poco, otros textos de
Julio Verne, H.G. Wells, Stevenson y J. R. R. Tolkien. Este último me abrió las
puertas a futuras lecturas plagadas del encanto medieval y las aventuras
caballerescas.
Pude entonces acercarme a libros de otra envergadura, como los
de Sir Tomas Malory y sus leyendas del Rey Arturo y los caballeros de la Mesa
Redonda. Posteriormente, en una línea previsible, gracias a un amigo que
estudiaba ya en la universidad, conseguí prestado un ejemplar de El nombre de
la rosa, la obra maestra de Umberto Eco. Recuerdo especialmente ese libro por
su complejidad entrañable, ese misterio latente que me mantenía pegado en las
noches con la esperanzas de develar los crimines de la abadía.
Fue una época bastante productiva en ese
sentido: cada nuevo libro me remitía a otro y pronto la lectura se convirtió en
una actividad natural, necesaria, cotidiana. Creo que eso fue lo que me impulsó
finalmente, una vez terminado el bachillerato, a ingresar a la universidad a
estudiar una licenciatura. Sentía que había algo en los libros que debía
continuar, que ninguna de las otras posibilidades profesionales me satisfacía
hasta tal punto. Así pues estoy aquí,
escribiendo esto, tratando de sortear los estudios, escribiendo con mayor
encono ahora que he descubierto en la poesía una manera de mantener, de
expresarme y vivir. Creo que ha llegado
el tiempo de la palabra, que es preciso en la escritura, donde hallo felicidad
alguna.
.jpg)






