Salvando
las diferencias de las dos adaptaciones, tanto del género y las maneras
fílmicas, así como también el tiempo en que fueron producidas y su acogida, estas
dos películas nos traen profundas reflexiones en el plano de la educación, en
el papel de la escuela y sus implicaciones en la sociedad.
En Pinocho vemos cómo este niño, hecho de un
tronco que llega por arte de magia a la casa de Gepeto, casi que por voluntad
propia diríamos, es totalmente independiente, alejado de lo que se espera que
sea: un niño dócil, obediente, que no cause problemas a su padre ni a la ciudad
donde vive. Por el contrario, está siempre haciendo lo que quiere: divertirse. Por
lo tanto, es aprendido y amonestado en varias oportunidades y se le impone que
tiene que asistir a la escuela.
En este contexto, y como siempre se ha pensado,
la escuela es el estamento aceptado como moldeador del carácter del niño hacia
un futuro ciudadano. El que no pasa por la escuela es un burro, literalmente,
como vemos que el sucede a Pinocho luego de su insistida desobediencia. Finalmente, vemos que Pinocho accede a ser
obediente y asistir a la escuela, pero cuando va llegando su sombra reflejada en la pared se aleja en
dirección contraria. Clara metáfora de
lo que representa la escuela en la niñez: la pérdida del niño, del juego y la
anarquía.
Por otra parte, en Valiosa Promesa, también vemos cómo la sociedad impele sobre el personaje
principal y le impone una manera de criar a sus hijos luego de la viudez, hasta
tal punto de que un juez determina sobre la custodia de los vástagos. Es de
recalcar cómo este hombre se sobrepone a estas dificultades y cumple su promesa
de preservar la familia. Estas películas son un claro ejemplo de ese constructo
social, político y cultural que es la escuela. Y no solo la escuela, si no esos
organismos que controlan la vida de las personas y se rigen por unas leyes que, muchas veces, encierran el espíritu humano a su antojo.


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